Intrusos En El Castillo -
—Somos... intrusos —dijo Leo, con la honestidad de quien no sabe mentir.
—El Corazón de Ébano —respondió Sofía, desafiante—. Para salvar el hospital. Intrusos en el castillo
Sin embargo, una noche de luna llena, dos figuras pequeñas y ágiles cruzaron el foso seco y se colaron por una grieta en el muro occidental. —Somos
—¿Estás segura de que es aquí? —susurró Leo, con una linterna temblorosa en la mano. Para salvar el hospital
—¿Y si lo abrimos de nuevo? —propuso Leo—. Usted tiene dinero, nosotros tenemos manos y ganas. Podríamos...
El conde Humberto ya no vivía solo. Ayudaba a organizar los libros de cuentas, y cada noche, antes de dormir, miraba la colina y sonreía. Al fin, los intrusos se habían quedado. Y el castillo, por primera vez en décadas, ya no era una prisión, sino un hogar.
Tres meses después, el hospital reabrió. En la puerta principal pusieron una placa que decía: "En memoria de Elara, y en honor a dos pequeños intrusos que entraron en un castillo y encontraron un corazón que aún latía".



